La Cama de la Bestia

Porque la gente [QUIERE] saber lo que me pasa…

¿Qué es la Monósfera? (David Wong) parte 2

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Si todavía no leyeron la primera parte, no sé qué están esperando.

Si en cambio ya lo hicieron, pueden continuar.

“¿Y ahora nos vas a decir que esta cosa de la Monósfera controla al mundo? A propósito, They Live apestó.”

Prendé la radio. Escuchá a los conservadores hablar de “El Gobierno” como si se tratara de un gran dragón al acecho, listo para devorarte a vos y a tu sueldo. No importa que el gobierno esté conformado por gente, ni que toda esa plata vaya a los bolsillos de otros seres humanos. Se sabe que el comentarista radial Rush Limbaugh deja una propina del 50% en los restaurantes, pero despotrica a más no poder si los impuestos de “el Gobierno” le quitan la mitad de esa cantidad de su sueldo. Esto es, a pesar del hecho de que ese dinero se usa para ayudar a las misma madre soltera a la que él no tuvo problema al darle propina por su habilidad como mesera.

Ahora sintonizá un programa de los liberales y escuchalos hablar de las “Corporaciones Multinacionales” en los mismos términos diabólicos: una oscura fuerza malvada que supura veneno y humo, y esclaviza a la humanidad. ¿No les resulta extraño que, digamos, un hombre que talla y vende juguetes en su sótano es un amor que sólo quiere compartir la alegría de navidad, pero una gran compañía de juguetes (que brinda felicidad a millones de niños en navidad) es sólo una avara e inhumana máquina consumidora de almas? Curiosamente, si el amable fabricante de juguetes solitario hiciera suficientes juguetes,  contratara a suficientes empleados y se expandiera a suficientes comercios, eventualmente dejaríamos de verlo como a una juguetería y empezaríamos a verlo como fábrica de feroces orcos de Mordor.

Y si acabás de pensar “Bueno, esos animadores radiales no son más que un montón de tarados egomaníacos”, lo hiciste de nuevo: convertiste a seres humanos reales en caricaturas de dos palabras. Pero que no te sorprenda: lo hacés con casi seis mil millones de personas que están fuera de la Monósfera.

“¿Y entonces me tengo que empezar a preocupar por seis mil millones de personas, así, de repente? ¡Es imposible!”

Exacto., no se puede. Ése es el punto.

Lo que cuesta entender es que es imposible que a ellos les importes vos.

Por eso no les importa robarte el estéreo, pintarrajearte la casa, recortarte el salario, aumentarte los impuestos, bombardear tu edificio o atragantar tu computadora con spam de drogas para bajar de peso o alargar el pene que saben que no funcionan. Vos estás fuera de su Monósfera. Para ellos no sos más que una silueta vaga con plata en los bolsillos lista para ser retirada.

Pensá en Osama Bin Laden. ¿Te imaginaste a un hombre camuflajeado escondiéndose en una cueva, planeando misiones suicidas? ¿O pensaste en un hombre al que le da hambre, tiene una comida favorita, tuvo un amor de juventud; y tiene dolores de cabeza, migrañas crónicas, se despierta con la pinga parada y le encanta el volleyball?

Hay algo en vos que, probablemente, se haya sentido ofendido por lo que acaba de leer. Creés que acá hay un intento para ganar simpatía por el forro asesino ése. ¿No es raro que un par de hechos mundanos al azar sobre él inmediatamente tironean sobre tus hilos de simpatía? Se acerca a tu Monósfera. Toma dimensión.

Ahora bien, la fría verdad es que Bin Laden necesita desesperadamente un balazo en el cráneo; tanto como la rabiosa caricatura en cuatro colores de la remera de un redneck [NdB: no supe traducirlo, pero pueden fijarse qué quiere decir acá]. La clave para entender a esta gente es darse cuenta que nosotros somos la caricatura en su remera.

“¿Entonces estás usando monos para decir que somos un montón de Bin Ladens?”

Algo así.

Escuchá a cualquier pibe de 16 años que tenga su primer trabajo, quejándose constantemente de cómo su jefe lo caga, y como el gobierno lo caga (“¿Qué es ANSES?” exclama mientras mira su primer recibo de sueldo).

Y después observá a ese mismo joven en el trabajo, cuando se le cae una hamburguesa al piso, la levanta, la mete entre dos panes y se la sirve a un cliente.

Todo lo que necesita para entender a esos políticos y jefes corporativos de corazón negro está en esa hamburguesa caída. Ellos lo ven a él de la misma manera en que él ve a los clientes en la fila del mostrador. O sea, apenas.

Tanto para el cocinero de hamburguesas como para el tipo que maneja Exxon, llegar al viernes y cobrar el cheque es todo lo que importa. Ni siquiera consideran la infelicidad humana real que generan al hacerlo para la mierda (¿Alguna vez te sentiste tan mal de la panza  por comida en mal estado que pensabas que tu tracto digestivo iba a salir por tu boca?). Tantos clientes o empleados no entran en la Monósfera.

El chico protestará porque, por un salario mínimo, no tendrían porqué importarle los clientes. Pero la verdad es que si una persona no siente simpatía por sus congéneres a $6,00 la hora, no va a sentir más por $600.000 al año.

O mirémoslo del otro lado: si por $6,00 por hora te sentís con derecho a ser indiferente -e incluso resentido- con las masas, pensá cuán enojado debería sentirse un paquistaní que gana el equivalente a seis dólares por semana.

“Usaste la palabra ‘mono’ más de 50 veces, pero la idea a duras penas aplica a nosotros. Los humanos pisamos la luna. A ver si los monos pueden hacer eso.”

No importa. Es sólo una cuestión de escala.

Existe una razón por la que el legendario monista Charles Darwin y su asistente Jeje (se pronuncia ‘heyhey’) Santiago dedujeron que los humanos y los chimpancés son primos evolutivos. A pesar de nuestra sofisticación (compará nuestro avanzado sistema de disposición de deposiciones con la primitiva técnica que usan los monos de arrojar las heces con sus propias manos), que estamos limitados por nuestro hardware mental es una verdad a la que no podemos huirle.

La principla diferencia es que los monos se contentan con conformar pequeños grupos, y raras veces interactúan con miembros de otras bandas. Por esto raras veces van a la guerra, aunque es una creencia universal que, cuando lo hacen, es hilarante. Los humanos, en cambio, requieren autos, nafta, productos de calidad manufacturados por la gente competente de 3M, videojuegos japoneses, internet y, sobre todo, gobiernos. Todas estas cosas requieren grupos de más de 150 personas para funcionar correctamente. Por ende, nos encontramos constantemente funcionando en grupos más grandes que los que nuestros cerebros de primate pueden comprender.

Es ahí donde comienzan los problemas. Estamos constantemente apoyándonos y resintiéndonos unos de otros, como una frágil pirámide humana desnuda. Nos quejamos a viva voz de nuestro trabajo anónimo en una línea de montaje, a la vez que manejamos autos que sólo podían ser ensamblados en una línea de montaje. Es una contradicción constante que nos lleva a unirnos, en nuestro enojo, a congregaciones pujilísticas informales en sótanos.

Por esto pienso que con gran pesar, Darwin miró a su asistente y se lamentó “Jeje, nosotros somos los monos”.

“Oh, no you didn’t.”

Si lo pensás un poco, toda la sociedad ha evolucionado alrededor de las limitaciones de la Monósfera. Existe una razón por la que todas las Naciones verdaderamente ricas, con los SUVs más grandes y las cubiertas de 22 pulgadas más brillantes, tienen algún tipo de democracia representativa (donde elegís a otra gente para que gobierne por vos) y todas son, hasta cierto punto, capitalistas (donde podés comprar propiedades y quedarte con algo de lo que ganás).

En esta imagen: Democracia

La democracia representativa permite que pequeños grupos de gente tomen todas las decisiones, a la vez que nos da la sensación de estar haciendo algo al ir a votar una vez cada tantos años y tirar de la palanca que, en realidad, tiene el mismo efecto que la perilla de potencia de una tostadora. Sentimos que nosotros estamos a cargo, a la vez que estamos suficientemente contenidos como para no causar ningún alboroto primal cuando empezamos con nuestro monono frenesí de gritos y movimiento de brazos (“¡Una mujer mostró una teta en el Super Bowl! ¡Queremos que prohíban las tetas y el football de inmediato!”).

Por el contrario, algunas personas del distante pasado creían -ingenuamente- que podían sentar a millones de monoso y decirles “Ok ¡Todo el mundo vaya a buscar bananas, tráiganlas acá y las dividiremos entre todos usando una compleja fórmula que determinará la necesidad banánica de cada uno! ¡Ahora vayan a recolectar bananas por el bien de la sociedad!”. Fue un desastre confuso, cómico y lleno de abuso de árboles para los monos.

Luego, un hombre bastante más realista sentó a los monos y les dijo “¿Quieren bananas? ¡Cada uno vaya a buscar las suyas! Yo me voy a tirar una siesta.”. Claramente ese hombre era el filósofo alemán Hans Capitalism.

Mientras todo el mundo tuviera sus bananas y las compartiera con su Monósfera, el sistema funcionaría, aún cuando nadie busque que el sistema funcione. Tal vez así lo habría explicado Ayn Rand, si no fuera una perra tan odiosa.

Luego, en el siglo III, el filósofo francés Pierre “Frenchy” LeFrench inventó el racismo.

En esta imagen: Un Francés

Era una simplificación de un mundo demasiado-complejo-para-los-monos en la que se imagina a la gente de una misma raza como una misma persona, pensando que todos tienen la misma actitud y modismos, compartiendo gustos de comida, música y moda. Y medio que funciona, en la medida en que pensamos que esa persona es una buena persona (“¡los asiáticos son tan laboriosos, precisos y educados!”), pero cuando empezamos a considerar a esa persona como un gigantesco imbécil (irónicamente, los franceses) nuestra mona felicidad vuelve a descomponerse.

No es todo culpa de los franceses. A decir verdad, todos estos esquemas de control moneril tienen su alcance. Por ejemplo, hoy en día uno de cada cuatro estadounidenses padecen alguna enfermedad mental, usualmente depresión. Uno de cada cuatro. Mirá un partido de básquet. Es probable que al menos dos de los jugadores estén mentalmente insanos. Fijate en tu casa. Si todos los demás parecen estar bien, el enfermo sos vos.

¿De verdad te sorprende? Si mirás un noticiero ves un informe completo sobre la Obesidad como Epidemia. Te acaban de cargar sobre los hombros la preocupación de millones de otras personas que comen de más. ¿Qué se supone que tendrías que hacer respecto a los hábitos alimenticios de 80 millones de personas a las que ni conocés? Tenés la carga rellena de cerdo de toda esta gente que está fuera de la Monósfera y ahora llevás toda esa preocupación inútil como, tipo, algún animal sobre tu espalda.

“Entonces ¿Qué se supone exactamente que debamos hacer al respecto?”

En principio, enseñate a sospechar cada vez que veas simpleza. Cada suposición de que la raíz de un problema es simple debe ser tratada de la misma manera que la suposición de que la raíz del problema es Pie Grande. En  el mundo real la simpleza y Pie Grande son igual de frecuentes.

Rechazá el ideal binario de “bueno vs. malo” o “nosotros vs. ellos”. Sabé que los problemas no se resuelven con slogans inteligentes o programas paso-a-paso simplificados.

Podés hacerlo siguiendo estos simples pasos. Nos gusta llamar a este programa el plan FIN:

Primero: FORRO. Eso es todo. Aceptá que ES LO QUE SOS. Todos lo somos.

¿Viste a esa persona molesta, que se la pasa diciendo pelotudeces y cree que siempre tiene razón? Bueno, es probable que para alguien más, vos seas esa persona. Así que agarrá lo que creés que sabés, reducilo en un 99,99% y recién ahí vas a tener una idea de cuánto sabés sobre lo que está fuera de tu Monósfera.

Segundo: INFERÍ que no hay Supermonos. Sólo hay monos. ¿Te preguntás por la gente que ves en la tele, dando seminarios inspiradores, enseñándote a ser rico y exitoso como ellos? ¿Sabés cómo se hicieron ricos? Dando seminarios. En su mayoría, lo único que hacen bien es convencer a los demás de que hacen todo bien.

El principio del tarado universal establecido en el punto No. 1 se aplica acá también. No pretendas que los políticos sean inmunes a las chicanas que todos hacemos cotidianamente; y no te rías y apuntes con el dedito acusador cuando un pastor es descubierto inhalando cocaína del culo de una prostituta. Un buen ejercicio es imaginarte a tu héroe -quienquiera que sea- desmayado en su jardín, desnudo de la cintura para abajo. Es probable que eso haya ocurrido en algún momento. Hasta Ghandi debe haber tenido trolas muertas en una habitación de hotel en su pasado.

Y que ni se te ocurra despreciar el consejo de un maestro moral sólo porque la fuente disfruta cada tanto del viejo Dulce Nasal Colombiano. Somos todos miembros de una especie variable de hipócritas (¿O en tus entrevistas laborales mencionás la(s) vez(ces) que te pediste día por enfermedad para quedarte subiendo de nivel en World of Warcraft?). No uses los vicios de tus héroes como excusa para dejar que los tuyos se salgan de control.

Y, finalmente, NO PERMITAS A NADIE simplificarte las cosas. El mundo no es simple. Es casi seguro que cualquiera que trate de pintarte una imagen del mundo en cuatro colores esté tratando de usarte como peón.

Así que recuerden: F-I-N. Avancen y lleguen hasta allí, caballeros. Pueden adquirir copias del libro en el puesto instalado en el lobby.

David Wong es uno de los editores más antiguos de Cracked.com, y es autor de la novela de horror llena de porongas: John Dies at the End.

El artículo fue traducido con un “no nos importan las traducciones” del autor, pero todos los derechos están en manos de Cracked.com

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Written by bestiadurmiente

05/10/2010 a 11:11 am

Publicado en Sociocultural

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Una respuesta

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  1. Osom, gracias por recordarme esto 🙂 muy buena traducción

    Serial

    20/10/2010 at 11:41 am


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